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La Pluma de Gaviota

As far this is Poetry, and my dear friend does not speaks English, so I decided not to translate this page.


Una tenue brisa se deslizaba por las laderas de Córdova, el Gusa y el Cerro Campana me daban la bienvenida...
que vocecita tan lejana del sonido de un graznido, ya el Guille y el Nico me habían hablado de ella pero
era mas frágil y graciosa de lo que imaginaba. Una dulce sonrisa es la puerta de su morada, sus alas de
libertad y su expresión al volar, sus preguntas inocentes y sus ánimos de entender, sus consejos humildes
pero llenos de saber me hacen comprender que esta avecilla alegre y soñadora de ser posible la fusión del
cuento y la realidad seria la digna compañera de Juan Salvador.

Vuela Gaviota vuela...

pero cuando llegues a tu torre cual palomar no dejes de compartir con nosotros tus sentimientos y pensamientos
que plasmas en papel

Jose


Jose
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Cuentos

Desde la torre

Desde la torre donde vivo escribo, en parte porque es mi costumbre, en parte para cumplir con la promesa hecha al Gran Mago del Perú.

En una pequeña mesa preparo sortilegios de papel y lápiz, para viajar a sitios distantes. Junto a mi mesa hay un ventanal que mira hacia el oeste, allí se extiende la comarca donde volamos.

A unos pocos metros está el cerro donde se aprende, una vieja cantera abandonada que dejó una tajada de piedra expuesta al sol. Separada por una pequeña quebrada y unas vertientes, un poco más allá, hay otra loma que visitamos a menudo. Y dentro del cordón que se aleja hacia el norte, hay otros cerros menos volados y un poco más distantes, cubiertos de pastizales suaves, monte espinoso, y árboles muy hermosos que se llaman Molles.

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Los días de lluvia o vientos fuertes, los lobos del castillo van conmigo a caminar estos lugares. Descubrimos pequeñas Verbenas de colores inesperados, o extrañas Orquídeas rojas. Variedad de hierbas salvajes y perfumadas se mueven con la brisa. En estas ocasiones los lobos y yo nos quedamos en silencio a mirar el aire, los vuelos de águilas, jotes, y halcones, soberbios y libres en su exclusivo país. País de azules que visitamos por momentos. Breves e intensos momentos capaces de modificar hondamente nuestras humanas vidas.

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Al este del castillo, la comarca está poblada de casitas humildes donde juegan los niños, y los grandes van a trabajar o descansan buscando, en estos días de invierno, el abrigo suave del sol. Como oscurece pronto, muchas veces salgo a volar después de todos al final de la jornada y casi sin viento, al inicio de la penumbra. Desde ese aire del fin de la tarde se ven los humos de las casitas, los fuegos encendidos en los patios, y las caras de algunos vecinos. Miran este vuelo que me toca, pero también es de ellos.

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Lejana, y a la vez, próxima, hacia el sur, sur este, se extiende la Gran Ciudad. El Señor del Castillo es un mago reconocido en su tarea de iniciar al vuelo. En torno a él gira un centenar de iniciados con alas propias. Sus rituales son extremadamente certeros, aunque muchas veces puede parecer un tanto severo. Hace años que viste sus ropajes de Instructor, y esa es una responsabilidad que lleva casi como un destino. Destino de capitán de barco. Todas sus tareas de algún modo le alimentan el alma, y también fortalecen el espíritu de su bandada, que es una alegre bandada, siempre gustosa de compartir el aire y los festejos que del aire provienen.

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Vive con nosotros un duende, brujo o almita traviesa, en el cuerpo de una paloma. Todo el día revolotea en el castillo, tirando objetos al piso, picoteando a la gata, dibujando círculos en los techos de los autos, escondiéndose en el baño, marcando la ropa tendida, desparramando violentamente su alimento y provocando a los lobos con sus vuelos rasantes. A veces nos regala su buena compañía en los ritos de iniciación, al pié de la ladera, y festeja los logros de los principiantes con breves vuelos en círculo y alegres aterrizajes a nuestros pies. Le gusta quedarse entre el viento y el sol, observándonos trabajar mientras elige algunas semillitas del pasto y las come gustosamente.

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Como antes hicieron mis predecesores, a mí me toca en este tiempo ayudar al Señor del Castillo en sus trabajos, asistirlo en sus tareas de capitán de barco, acompañar los tiempos de los que aprenden a volar. A cambio tengo, sobre todo, el privilegio del vuelo cotidiano. También un sitio solitario y tibio en la torre que hicieron para mí en el castillo, y la pequeña mesa donde preparo a menudo sortilegios de papel y lápiz para viajar a lugares distantes, junto al ventanal que mira hacia el oeste, y la comarca donde volamos.

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Niños que fuimos

Los voladores suelen buscarse unos a otros, como hacen los niños, de casa en casa. A veces vienen al cerro, en pequeñas bandadas, y salen a volar como quien sale a jugar. En ocasiones cambian su plan de vuelo por estar un momento cerca de los pájaros. En esos instantes llevan en la cara los niños que fueron: chicos que tenían palomares, que subían al techo o a las medianeras y saltaban al cielo con un paraguas sustentador. Niños expertos en barriletes.

A veces es una libertad breve, la del vuelo, como la de los juegos de la infancia.

A mi vuelo lo acechan los niños que vos y yo fuimos, saltando desde el nogal con la protección de un pequeño mantel como paracaídas (aún puedo jurar que me sostenía). Lo acechan, digo, porque todo aquel tiempo se me viene encima, como llovizna de otoño. Como pequeñas certezas. Como remolinos de hojas secas.

Cuando íbamos hasta el arroyo subidos a los hombros de nuestro gran abuelo, tuvimos la primera visión del mundo desde las alturas. Y desde allí a temblar cuando mis manos recibían de las tuyas, el hilo interminable del barrilete, soberbio pájaro azul, se podría armar un destino. Quizás lo fuimos forjando mientras mirábamos cómo el viento se movía en las copas de los olmos más altos. Al subir los cerros sin bajar jamás a la hora reglamentaria, porque la brisa allí daba en la cara y en el alma. Galopando abrazados a los caballos, hasta sentir que los cascos apenas se apoyaban, a punto de levantar vuelo.

Viajando en bicicleta en medio de la tormenta. Esperando el día en que vuelven las golondrinas. Y en el verano, tirados al sol, en el pasto, viendo los vuelos de las tijeretas, pajaritos acróbatas, desde la doble punta del pino contra el cielo tan profundo y azul de esos días. Teníamos una casa en un árbol, una acacia, y me ayudabas a subir porque sola no podía.

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Aprendiste a volar muchos años antes que yo. La magia de los barriletes te empapaba entonces. Vimos como cargabas tu pesada ala hasta la cima de aquellos cerros que subíamos cuando éramos niños. Salías al aire con tanta sencillez, sonriendo. Decías "libre", "Chau". Te alejabas veloz, en el cielo del lugar donde crecimos.

Ahora que vivimos lejos y nos vemos unas pocas veces al año, todo aquel tiempo se me viene encima como llovizna de otoño. Como remolinos de hojas secas. Como pequeñas certezas.

Y como los niños que fuimos siguen siendo bastante inseparables, salgo a volar con ellos en mi pequeña ala. Quizás cambiemos nuestro plan de vuelo por estar un momento cerca de los pájaros.

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Pequeña trampa

Saltaba en paracaídas.

Desde los diecisiete años y durante quince, su cuerpo fue del aire y su alma también. Eran los años setenta. Llegó a ser el campeón nacional. También fue instructor, dedicado y solemne. Joven, liviano, dibujada sus figuras de caída libre bajo la mirada de la luneta.

Pero algo pasó. Una enfermedad fatalmente grave de un ser querido, lo llevó, en una situación desesperada, a hacer una promesa. Pidió a su Dios que ella mejorara, que salvara su vida. Prometió renunciar a sus saltos, a sus dibujos en el aire. Sucedió entonces, que esa vida se salvó, y él agradecido, dejó los paracaídas para siempre.

Pasaron más de veinte años. Anda ahora por los cincuenta y ha subido mucho de peso, casi al doble de lo que pesaba cuando saltaba. Lo vi por primera vez un día de vuelos de altura. Sencillos y suaves vuelos con los que se termina el ritual de iniciación. Miraba, como muchos. Con alas de tela y viento, algunos paseaban sobre el bosque y las cascadas de agua, otros iban más alto, en colorido enjambre. Alguno solitario, en el cerro más alejado.

Al día siguiente llegó a la Escuela, este pequeño sitio al pie de los cerros. La vieja cantera lo veía cumplir, esforzado, con los rituales de iniciación. Con su ala tan grande, los errores son un lujo que no puede darse. Pero dentro de él, una lucecita permanecía encendida: sin romper su promesa, volverá a estar en el aire con estas alas de viento y tela.

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Por fin, un día, llegó el momento de subir a la pendiente. Me puse a un costado, por si era necesario detener el vuelo. Entonces vi como daba unos pasos certeros para entrar al aire, y vi que el aire era su destino. Vi al joven paracaidista, al liviano, al acróbata, en el gran cuerpo de ahora, que lograba regresar al cielo ("porque allí has estado, y allí querrás volver"). Vi como recobraba la fugaz libertad, la intensidad esencial del vuelo.

Con el tiempo he seguido mirando sus planeos, desde la cima del cerro y desde sitios más altos. La lucecita adentro de él, permanece encendida: sin romper su promesa anda por el aire con estas alas de tela. Cuando le digo que le ha hecho una pequeña trampa a su Dios, se pone muy serio y afirma que no es cierto. Después sonríe y dice por lo bajo que si hubiera algo de verdad en eso, El de Arriba sabrá comprender.

Seguro, seguro que se pueden comprender estas cosas entre los que saben de vuelo. Desde la mesa donde escribo, en la torre del castillo, veo irse la luna detrás de los cerros. Contornos en penumbra. Rebordes iluminados. Cantos de lechuzas.

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Preferencias

Siempre quizo volar. Por su oficio, la vida lo fue llevando con los años de una ciudad a otra. Siempre quedaba cerca algún sitio de vuelo. Vuelo inaccesible para alguien con sus ingresos. En sus días de descanso pasaba largas horas viendo aviones, ultralivianos, planeadores... Siempre desde el otro lado del cerco. Siempre con la mirada en el cielo. Siempre el vuelo de otros. Siempre imposible para él.

A nosotros nos vió desde lejos durante toda una tarde. En varias ocasiones vino y no nos encontró. Quizás porque estaríamos volando de altura. O sería justo un lunes, nuestro día libre. O habría ese violento viento norte, el castillo azotado por las ráfagas, partido por el sol. Por fin un día el cerro y el cielo estaban abiertos, alas de tela colorida por todos los rincones. No le fue difícil acceder al Ritual de Iniciación: lo cambió por trabajo (entre otras cosas hizo que surgiera el agua en la torre donde ahora escribo, mientras afuera el viento no deja de aullar).

Recién había comenzado a volar, y ya tenía descubierta su propia ala, cuando los malos tiempos se ensañaron con él. Su salud desmejorada, como un mal sueño. Presentó batalla. Sólo perdió el volumen de su voz.

Demoró en volver. Los aliados son poderosos: la magia tierna de su dulce compañera, y un hermano fuerte que lo acompañó en su regreso al cerro, y le cargó el ala hasta la cima. Y el viento. El viento que siempre lo favorece: cuando todo ndica que hay que desistir, él espera. No usa su voz, que es muy leve,sólo golpea las manos tres veces. A su llamado acude un suave viento del este, que lo ayuda a salir. Lo acompaña en el vuelo y desaparece cuando él llega al suelo. Algunos ya lo sabemos, ese viento no es para todos, es sólo para que vuele Pedro. Los demás bajaremos caminando, con las alas plegadas en la espalda.

No es fácil comprender las preferencias del viento. Misterios azules. Pero esta vez los demás sólo podemos mirar. Sólo su vuelo será posible.

Con las últimas ráfagas hay un movimiento de verbenas en el pasto. La paloma del castillo, ciertamente habitada por un duende, despide la tarde con su voz grave. Los lobos, esperando la penumbra, acechan la llegada de la luna.

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